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3 oct 2012

¡ No vais a creer lo que me ha pasado ! (I)


Más de 5 meses sin postear. ¿Dónde me he metido, qué me ha pasado?. Una explicación...

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Sé que si lo cuento no me creeréis, que algunos de vosotros os preocupareis por mi y me recomendareis terapia, y otros sencillamente os burlareis, o creéis que soy yo el que se burla. Y no os culparé.

Pero necesito contarlo, tratar de expulsar estos … ¿recuerdos? … tóxicos que me corroen por dentro, que están haciendo mis días insoportables y mis noches agónicas, eternas.

Para mi no han pasado más de tres semanas. Recuerdo con nitidez el martes 17 de abril, cuando después de acostar a mis hijas saqué a pasear a mi perro por el parque. Recuerdo soltarlo al llegar mientras yo jugueteaba con el móvil. Después, un pequeño mareo me hizo pensar que quizás había abusado con el postre. Entonces me di cuenta. Algo iba mal. Primero el móvil, sin batería. Los árboles habían cambiado. La luz, el aire, la temperatura, todo se notaba distinto. Y la gente. No eran ellos los que estaban ahí antes, eso seguro. ¡La luna!.Vi la luna a mi izquierda y estaba seguro de verla delante mío. No sabía qué pasaba y el pánico empezó a apoderarse de mi.

Un momento. ¿Y mi perro? No estaba. Tratando de aferrarme a algo para controlar el creciente pánico, lo busqué, lo llamé, silbé, grité, … nada, no lo encontré. Una mano invisible se cerraba sobre mi corazón, el aire me faltaba. Algo horrible tomaba forma en mi cabeza.

Fui corriendo a casa. Por el camino todo lo que veía reforzaba esa sensación de ser una pieza fuera de su sitio. Abrí la puerta, blanco como un fantasma, empapado en sudor, casi sin respiración. Mi mujer cenaba sola en la cocina. Su cara al verme se desfiguró en una mueca de terror. En pocos segundos, un torrente de emociones recorrieron su rostro: del terror a la sorpresa, después pena, ira, risas nerviosas, y entonces la incomprensión se instaló en él. - Pero, ¿cómo? … ¿De dónde? … ¿Cuándo? - Alcanzó a decir antes de desvanecerse. Mientras la cogía vi el calendario, con todos los días de septiembre tachados hasta el 17.

Llevaban 5 meses buscándome, me contó mi mujer, sin dejar de tocarme por si me desvanecía, incrédula y en un estado que igual pasaba de la carcajada histérica al llanto desconsolado. Había desaparecido en Abril, habían puesto anuncios, ido a programas de la tele, llamado y escrito a todos mis conocidos. Simplemente me había esfumado.

Es curioso la naturalidad y alegría con la que aceptaron mis hijas la nueva situación. Evidentemente intentaron recuperar todo el tiempo perdido de golpe, pero no hubo ningún tipo de problema de adaptación. Más difíciles fueron los trámites con la policía, interrogatorios, pruebas médicas y psicológicas. Me pude reincorporar a la empresa pero no a mi puesto.

Y cuando pensaba que podía empezar a hacer vida normal, empezaron.

La primera noche pensé que era una simple pesadilla. Muy vívida, inquietantemente familiar, pero una pesadilla. Pero la segunda noche me di cuenta de que era mucho peor. Estaba recordando. Me esforcé por no hacerlo, tomé todo tipo de tranquilizantes, pero fue inútil. Los recuerdos, junto a la horrible certeza de su autenticidad, llegaban como una marea imparable. Cada uno peor que el anterior. Y con ellos, el dolor que acompañó a cada uno de ellos.

No duermo desde hace más de una semana y eso no ha bastado. Se me aparecen en visiones, las voces en mi cabeza son imposibles de silenciar. Noto que empiezo a perder el control, y sé lo que va a pasar cuando eso ocurra. Ellos me lo dijeron, ellos quieren obligarme y no sé cuanto más voy a poder aguantar. Sé que no hay escapatoria, bien que se aseguraron.

Sólo espero que podáis perdonarme, yo no sé si podré.

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Claro que igual no es esta la verdadera razón de mi ausencia blogueril. Igual la respuesta está en la siguiente entrega.... Os he echado de menos, y eso sí es cierto.


5 ago 2011

Relatos Enlazados: ¿Fin?

Bueno, pues ha llegado el momento de cerrar la interesante experiencia que dió comienzo el pasado 17 de Junio en El Tablon de JLin, y tras hacer escalas (a cual más interesante) en Las Puertas de Gondolin, close2u, la recién remodelada Taberna de Montse, Crónicas desde el auto, Sybila Layna, borgo, El blog del Tirador Solitario, La risa de las ratas, A pink kink in your think, La tienda de Lope, Las gatas madrileñas, el Patio de los Senescales y La guarida del eremita, todos ellos entusiastas y dedicados colaboradores de esta iniciativa de Los Relatos Enlazados, me toca a mi dar el cierre (o intentarlo) aquí en esta vuestra casa, no sin antes agradecer a todos el haber participado. Y los que no se hayan leido las entregas anteriores, ¿a qué esperan?.

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No hay ninguna luz encendida en el local, cerrado hace ya horas. Y sin embargo, podríamos decir que todo el local emana luz. No es una luz brillante, aunque no está claro tampoco que podamos llamarla luz tal y como la entendemos, no parece iluminar sino proyectar las imágenes. Las dos personas que quedan en el local se perfilan claramente, incluso ellos mismos parecen emitir parte de esa extraña luminosidad. Están hablando, y el tono de la conversación nos transmite preocupación, hasta el punto de pesarnos como una losa sin saber siquiera de qué hablan. Nos acercamos para oirles mejor.


- ¿Cómo ha podido pasar?
- Es algo ciertamente sorprendente lo de Lucas. Un salto no debería haber sido posible aquí adentro.
- Sí, pero ha ocurrido. Y se ha abierto una brecha que, además de los problemas que nos traerá a partir de ahora, ha acabado de debilitar las barreras, seriamente dañadas desde lo del Jottun. Ya te dije entonces que teníamos que protegernos.
- ¿Y no lo hicimos acaso? ¿No le dijimos al maestro Eddun que potenciara los amuletos que Gorrión coloca cada noche? No sé cómo atravesó la protección el Jottun o si le ayudó alguien, pero lo que hicimos después era todo lo que podíamos hacer.
- Por supuesto, tienes razón, es sólo que estoy algo tenso. Lo que está claro que todo empezó a desmoronarse cuando el Jottun cercenó las manos de don Floro. Además de la cantidad de energía que tuvimos que gastar para enmendarlo, con el jaleo ese día Irene perdió la piedra llave, la verde.
- Ya te dije que ha buscado nuevo dueño, lo vi hace un par de noches en uno de mis viajes. No se ha ido de este mundo aunque ha saltado unos ciclos. No tengo muy claro cuánto tiempo, pero sí que es bastante después de habernos ido. Algo para lo que creo que ha llegado el momento.


Nos acercamos más y distinguimos a los que están teniendo esta misteriosa conversación. Son un hombre y una adolescente. Cuando escucha, él tiene un aspecto afable, incluso bonachón, con facciones que automáticamente hacen que te sientas cómodo hablando con él, como si fuera un amigo de toda la vida. No es demasiado alto lo que resalta aún más su generosa barriga. Su voz es profunda y amable, pero firme. Está en esa edad en la que ya no se puede afirmar que sea de mediana edad pero todavía está en plenas facultades. Ella es alta y no cabe duda de que la naturaleza ha sido muy generosa con ella. Tiene una melena hasta la mitad de su espalda, tan negra que parece beberse toda luz que comete el error de acercarse demasiado. Su rostro conserva un aura de inocencia y el tono de su voz transmite curiosidad e impetuosidad casi infantil, pero incluso un vistazo nos basta para darnos cuenta de que su mirada es cualquier cosa menos inocente, está llena de madurez y sabiduría, una sabiduría centenaria. Tras pensar unos momentos sobre lo que ella acaba de decir, el hombre retoma la conversación.


- Sí, estoy de acuerdo. De hecho, ya hemos visto las consecuencias. Si nos demoramos y las barreras acaban cayendo, seríamos responsables de lo que pasara en este mundo, y esta vez no podremos excusarnos en el desconocimiento.
- La estancia aquí ha sido bastante más larga de lo habitual, tanto que se me va a hacer difícil alejarme de algunos de los que hemos conocido, a los que les he cogido mucho cariño y no dudo en llamar amigos. Me encantaría quedarme y saber cómo acaban sus historias.
- Gudrun, sabes tan bien como yo que las historias no acaban con las personas, aunque muchas empiecen con ellas. Y algunas de esas historias seguirán y crecerán en nosotros, se vendrán allá donde nos instalemos.


Los conocemos, claro que los conocemos, ¿cómo no los hemos reconocido antes?. Ella es Gudrun y él por supuesto Carloto, estamos con ellos en la taberna, en el Enano Saltarín, donde tan buenos ratos hemos pasado últimamente. ¿Han dicho que ha llegado el momento de irse?


- Ya sabes lo que quiero decir. Hemos visto a Jimena convertirse en mujer, ¡y vaya mujer!, celebramos con Fulgencio cuando nació su nieta, y cuántas veces habremos visto a don Floro venir a jugar la partida después de cerrar. Es lo más parecido a una familia que he tenido en ciclos.
- Han pasado muchas almas por aquí estos años, y algunas de ellas han echado raíces. Bueno, los viajantes seguirán viniendo, allá donde estemos volveremos a ver a Irene en uno de sus periódicos despertares, y no dudes que Aldrean seguirá llenando de historias la taberna. Puede que nos acabe visitando también el nuevo dueño de la llave verde. ¿Cómo has dicho que se llamaba?
- Santos, si no recuerdo mal.
- Eso. La llave ya le estaba empezando a guíar, según me dijiste. Y Jacinto con su Gurgl no tardará tampoco en acudir.
- Me había acostumbrado a ver al Gurgl de Jacinto como un mono, a saber con qué nos sorprenderá ahora. Sé que los viajantes vendrán, necesitan hacerlo, pero son imprevisibles: igual vienen cada semana durarnte una temporada como desaparecen durante meses, incluso años. Yo me refería a los mundanos, los de aquí, los habituales.
- Por supuesto que yo también los echaré de menos. Pero ya sabes que ellos nos olvidarán, siempre pasa al poco de irnos. Algunos de ellos nos recordarán en fragmentos de sueños, otros como historias, pero no recordarán haber sido ellos los que venían a beber, jugar y charlar aquí. Puede que alguno lo haga, y se convierta en viajante, pero es algo que ocurre muy pocas veces. Así es como es, y es lo que debe ser.


Oímos los nombres que mencionan y evocamos sus rostros, sus gestos. La descarada sensualidad de Jimena, las entrañables diatribas del anciano Fulgencio, los sabios consejos de don Floro, el boticario, el enamoradizo Lucas, el misterioso y algo inquietante Jacinto. Claro que sí, nosotros hemos pasado también buenos ratos con ellos, grandes e importantes momentos.


- Bueno, está decidido. ¿Nos ponemos en marcha?.
- Sí, vamos allá, no tiene sentido esperar más, no merece la pena correr el riesgo.


Vemos a Carloto acercarse a la barra y abrir una trampilla situada debajo de los barriles de cerveza y vino, una trampilla que habríamos jurado no haber visto antes. Saca de la trampilla una llave. No es una llave que tenga nada de especial, es una de esas antiguas de hierro, medio oxidada y algo mellada en su empuñadura. Se acerca con Gudrun a la puerta.


- ¿Cuándo fue la última vez que la cerramos?. Es curioso recordar cuando construimos la taberna enfrente de la botica, y la inaguración posterior, incluso sabiendo que no ocurrió.
- En cierto modo estoy ansioso de ver dónde acabamos ahora. Mañana será desde luego un nuevo día, y vendrá con un ayer completamente distinto, en un lugar que hoy aún desconocemos. Eso siempre me ha parecido excitante.
- A ver si esta vez te toca a tí ser el niño.


Carloto gira la llave en la puerta principal de la taberna, tres giros a la derecha, dos a la izquierda y de nuevo uno a la derecha. Devuelve la llave a la trampilla, que cierra cuidadosamente y se sube con Gudrun a acostarse. Antes de desaparecer, Gudrun se gira, nos mira directamente y dice:


- Vosotros también sereis bienvenidos, pasaros a vernos.

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Bueno, pues ha sido muy ilusionante ver cómo 15 blogs distinto nos hemos puesto de acuerdo, y sorprendente semana tras semana ver el nivel de los participantes. Espero que os haya gustado mi aportación a pesar de su extensión.

Yo me voy hoy de vacaciones, lo que no quiere decir que no me vaya a pasar por aquí aunque no lo haré demasiado a menudo (si ahora estaba sólo medio de vacaciones -toda la familia menos yo- y ya pasaba poco....) pero pasarme me pasaré.

26 abr 2011

No estoy

Sentado delante del ordenador.

Miro la pantalla. La pantalla me devuelve la mirada. O lo haría si pudiera.

Sigue en blanco. Como mi cabeza. Noto los pensamientos pasar pero se me escurren, tampoco hago muchos esfuerzos.

La mano derecha cerrada encima de la mesa, delante del teclado. La izquierda encima, esperando la inspiración.

Contemplo la quemadura en uno de los dedos, ya casi se ha ido la mancha.

Los ojos saltan de los papeles a la pantalla, de la pantalla a la puerta, de la puerta al móvil, pero sin fijarse en nada, ni siquiera enfocan. No estoy mirando.

No estoy, y sigo esperándome a ver si me pongo en marcha de una vez, porque esto no puede ser.

13 mar 2010

Funcionaricidio

Entré y me dirigí directamente al mostrador, donde un hombre con una expresión entre la apatía y el desinterés hizo algo que evidentemente era un inusual esfuerzo para él: giró la cabeza y me dirigió una mirada vacía e indiferente.

- Buenos días, vengo a ...
- Coja su número y espere su turno, por favor - dijo, y hasta las palabras parecían arrastrarse con inmensa desgana.
- Pero si no hay nadie - protesté.
- El 72, por favor. ¿Se-tenn-ta-i-dosss? - dijo mirando al vacío, dejando claro que la educación tampoco le interesaba en absoluto.

Con gesto contrariado, me acerqué hasta el aparato naranja, tiré de la lengua azul clara que asomaba, cogí un número y volví al mostrador.

- Tengo el 37.
- Lo siento, se le ha pasado el turno. Coja uno nuevo y espere a que le llame - contestó, y nuevamente me pareció increible que no se cayeran los sonidos al suelo conforme los emitía, tal era su desidia.
- ¡Pero si no hay nadie! - grité más por desahogarme que esperando obtener algo.

Mientras me dedicaba a repasar mentalmente el árbol genealógico del desagrable individuo, volví al aparato naranja y le hice vomitar números hasta llegar al 72. Regresé una vez más al mostrador con el número. A pesar de ser un día fresco, yo ya notaba como la sangre me empezaba a hervir.

- ¿Se-tenn-ta-i-tress?
- Aquí tiene el 72 - dije, en un tono que no ocultaba mi mal humor, pero tratando de evitar el enfrentamiento.
- Lo siento, se le ha pasado el turno, debería haber estado atento cuando he llamado. - Dijo. Les juro que mientras lo hacía vi la cara de un demonio superpuesta a la suya. Sé que era cosa de mi subconsciente, pero el risueño demonio aumentó mi cólera, que no sé cómo aun controlaba.
- ¡Yo, el 73 lo tengo yo! - Dijo una chica que acababa de entrar.
- Dígame, qué desea - Le dijo el indeseable cretino anormal con un tono amable y servicial que me dejó totalmente descolocado.

Me aparté mientras cerraba mi puño sobre el papel del 72 imaginándome que lo que exprimía eran los genitales de aquel odioso ser que estaba atrincherado tras el inexpugnable mostrador. Me acerqué de nuevo a la máquina y saqué los números 74 al 190. Esto se había convertido en una guerra y no pensaba hacer concesiones.

El insoportable aborto de persona malgastó 45 minutos de mi tiempo atendiendo a la chica. Su diligencia y amabilidad hacia ella llevó mi irritación hasta un nivel nunca alcanzado antes. Llegué a pensar que era una broma de cámara oculta de pésimo gusto y que la chica era un cómplice más.

Por fin la chica se fue y me acerqué al mostrador, tratando de anticiparme a mi diabólico enemigo. Me pareció que ello me miraba mientras llevaba las manos tras el mostrador. Saco un triángulo de plástico negro con unas letras grabadas en dos de sus lados, y lo apoyó de manera que pudiera leerlo bien: "CERRADO". Creí ver un gesto de burla.

-Por favor, es sólo entregar este formulario ya relleno
- Vuelva mañana a primera hora, que ha venido demasiado tarde.
- ¡FALTAN 15 MINUTOS PARA LA HORA DE CIERRE! - Rugí señalando el reloj de la pared
- Ese reloj va atrasado y además hoy no he parado a almozar - me contestó mientras se giraba, pero oí perfectamente ese gilipollas dicho con sorna.

...

- ¡AAAARRRGHHH!

La cólera se adueño de mi. Retrocedí hasta el dispensador naranja y lo arranqué de la pared. De un salto flanqueé el metro y medio de distancia al mostrador y el propio mostrador, cayendo sobre él. El dispensador resultó ser mucho más resistente que el funcionario, quien se rompió mucho antes. Cuando me desahogué cogí el cartelito de "CERRADO" y lo incrusté en el cuerpo del individuo, al que llené además con todos los papelitos de turno que encontré.

...

Mientras mi mente disfrutaba con la escena de la justa venganza, mi cuerpo, mucho más pacífico y razonable (además de enclenque), se quedó quieto mientras trataba que mi cara dibujara una expresión lo suficiente aterradora.

- ¡PUES QUE SEPA QUE VOY A PONER UNA QUEJA! - Y me fui (no sin aprovechar para expresar mi opinión sobre el personaje con unos términos que no voy a reproducir aquí). Había perdido.

Al día siguiente entregué (en otra oficina) el formulario. No llevó ni 5 minutos.

Nota: Esto es un relato. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

28 feb 2010

El mundo se me ha quedado pequeño

No, no es que hoy ande con el ego subido, me limito a describir literalmente lo que me ha pasado.

Me he despertado a mitad noche al notar corriente en los pies, se me salían por debajo de la cama. Medio adormilado, no le he dado más importancia, pero ya que me había despertado, me he ido al baño en la penumbra a aliviar mi vejiga, pegándome un tremendo coscorrón con el marco de la puerta.

Ha sido entonces cuando me he dado cuenta que algo iba mal. Con una angustia terrible, he comprobado cómo el techo y las paredes se acercaban rápidamente. Buscando la salida más cercana, he tenido que romper las puertas de la terraza y el alivio al escapar de la ratonera en que se había convertido mi habitación ha sido inmenso. Al erguirme mi cabeza ya llegaba a la altura del cuarto piso.

He bajado a la calle desde mi terraza en la planta baja como quien baja el escalón de la acera, y para entonces mi altura ya superaba el décimo piso. Por muy absurdo que pueda sonar, en ese momento me he sentido aliviado por una tontería como es que a mi ropa no le ha dado por encoger.

No he tenido tiempo para preguntarme lo que estaba pasando, ya que se ha desatado el caos. O mejor dicho, yo lo he hecho. No había parado de crecer y al girarme he tropezado con el edificio del que acababa de salir, que se ha derrumbado arrastrando al resto de construcciones de la manzana, levantando una enorme nube de polvo. Curiosamente el sonido del derrumbre ha sonado muy atenuado en mis recién estrenados oídos de coloso.

He salido en dirección a la playa para tratar de reducir los daños que mi desmesurado crecimiento estaba provocando, consiguiendo sin embargo lo contrario ya que el rastro de destrucción que he dejado tanto directa como indirectamente (cada paso provocaba temblores que arrasaban barrios enteros) era desolador.

Al llegar a la costa mi estatura era tal que un par de aviones aproximándose al aeropuerto cercano han explotado a la altura de mi hombro. Totalmente desconcertado me he metido en el mar, poniendo la puntilla ya que la ola que he generado ha acabado con lo poco que quedaba de mi ciudad, que desde mi perspectiva era como una de esas maquetas a escala.

Acababa de exterminar a mi familia, amigos, vecinos y un sinfín de desconocidos. Tuve también un pensamiento materialista echando de menos mi sofá, y las colecciones de libros, DVDs y cómics. "De perdidos al río", pensé entonces, y me dije que podría aprovechar mi tamaño para ver las maravillas de mi pequeño planeta. Pero mi tamaño las desvirtuaba bastante. El Gran Cañón era una pequeña grieta, el Nilo un arroyo, la selva amazónica un montón de arbustos.

Y yo no había dejado de crecer. Mejor dicho, como he comentado al principio, el mundo no había dejado de reducirse. Fue entonces cuando me di cuenta, ya que la Luna había mantenido su tamaño y siguiendo las leyes de la gravedad estaba atrayendo a la Tierra con su mayor masa. Para entonces me imaginé a un hipotético observador, que seguramente me vería como el Principito de Saint-Exupery.

No tengo ni idea de cómo respiraba, pero respiraba. El planeta siguió reduciéndose, lo que también redujo mi velocidad de aproximación a la Luna y aterricé como una pluma, cayendo a mi lado lo que hasta entonces había sido mi planeta, del tamaño de una pelota de tenis. Lo cogí y me lo metí en el bolsillo, ya del tamaño de una canica.

Totalmente indiferente a cualquier cosa, ni siquiera me sorprendí al ver un establecimiento de grosero nombre llamado "Motel Kutimon", regentado por el personaje más peculiar que he conocido. El tal Kutimon (o era Tukimon), me contó que montó el local porque pensó que después de recibir la visita de Armstrong acudirían más turistas. El local, en el que había una foto de Kutimon con Neil Armstrong, no había tenido demasiados clientes, pero había permanecido abierto desde entonces.

El señor Kutimon era un gran personaje. Me contó historias realmente curiosas, como la de aquella niña que nació antes que su madre y tuvo que esperarla para poder vivir sin romper nosecuantas leyes de la Física (Kutimon era un gran experto en temas de viajes temporales). Me ha dado unos mapas para poder saltar a alguna otra realidad, siempre que evite Olvido.

Me pregunto si el planeta (que ahora debe de ser un átomo más en mi ropa) aún alberga vida o si la extinguí completamente. En cualquier caso, esto sólo fue el principio, a ver si encuentro un rato y os cuento lo que ocurrió después.
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